No hay mesa en la que no me haya sentado, ni publicación gastronómica que no haya visto, donde no aparezca la misma frase: “cada plato cuenta una historia”.
Una frase bonita, de esas que enganchan, que romantizan el momento y que, en teoría, podría ser completamente acertada. Porque sí, la comida tiene memoria, tiene contexto y tiene una razón de ser.
El problema aparece cuando una frase pierde su significado de tanto repetirse.
Hoy parece haberse convertido en un recurso automático dentro de la gastronomía: la encuentras describiendo lo mismo un carpaccio de betabel con queso de cabra, un aguachile fresco o incluso una hamburguesa clásica.
Pero el problema no es repetir.
En la gastronomía, como en cualquier disciplina creativa, todos estamos influenciados por lo que hemos visto, probado y vivido. Las tendencias existen, los clásicos existen y nadie está obligado a descubrir el hilo negro cada temporada.
El verdadero reto está en encontrar una voz propia.
Porque la identidad no vive únicamente en un ingrediente inesperado o en una técnica novedosa. También está en la manera de comunicar, de recibir, de servir y de crear una experiencia alrededor de una mesa.
Y quizá el tema no es que todos queramos contar historias. El tema es que, a veces, terminamos contando la misma.
Vivimos un momento donde la gastronomía también se convirtió en una forma de comunicar. Ya no solo importa lo que llega al plato, sino cómo se presenta, cómo se fotografía, cómo se describe y cómo se comparte.
Y ahí aparece el riesgo: en la búsqueda por pertenecer a una tendencia terminamos pareciéndonos todos un poco. Usamos las mismas palabras: artesanal, regional, auténtico, experiencia, historia… hasta que dejan de decirnos algo.
Vemos conceptos que recibieron reconocimiento, premios o atención, y pareciera que el camino es replicar ciertos elementos: un ingrediente regional, una estética determinada o una narrativa que ya probó funcionar.
Pero la gastronomía no funciona únicamente desde lo que se ve.
Detrás de cada propuesta hay algo que no siempre aparece en una fotografía: la trayectoria, las horas, las pruebas, los errores, los viajes y las experiencias acumuladas.
Por eso, al abrir un restaurante o replantear un concepto que ya existe, la pregunta no debería ser solamente “¿qué está funcionando?”, sino “¿qué tenemos realmente que contar?”.
No se trata de sumar elementos por ocurrencia. No se trata de tomar una tendencia sin entender su origen.
La identidad no se copia, se construye. Porque no podemos ser una hamburguesería un día y, de pronto, querer convertirnos en una propuesta de desayunos tradicionales solo porque es lo que está sucediendo en el momento. El factor regional, los sabores y las tradiciones tienen que encontrar un lugar dentro de nuestra propia historia.
Quizá por eso son tan importantes las millas recorridas. Porque no es lo mismo ver un platillo en un video, guardar una referencia o inspirarse en una fotografía.
Las millas recorridas no pueden copiarse.
Se notan. Se huelen. Se saben.
Y entonces queda la pregunta:
¿Y si lo hacemos?
¿Y si dejamos de buscar historias que ya fueron contadas y empezamos a contar las nuestras?
Cada cocinero desde sus memorias plasmadas en platos. Cada restaurante desde el camino que lo llevó hasta existir. Cada comunicador desde sus propias experiencias, desde las mesas que ha compartido y las historias que ha tenido la oportunidad de conocer.
Quizá la pregunta nunca fue qué hay en tu plato… sino qué parte de ti estás poniendo en él.
Sobre Natalia Hoyos: Comensal y cronista gastronómica del norte de México, egresada de programas de educación en turismo y en tránsito con un diplomado en periodismo gastronómico.
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