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Del 15 al 18 de octubre de 2026, 
el Pueblo Mágico de Colima celebrará 
la segunda edición del Festival de 
Queso y Tinto, con productores, 
vinícolas, gastronomía, arte y 
música en el corazón de Comala




Por Editores de Copas y Corchos
Instagram: @copasycorchos
Twitter: @copasycorchos

Hay destinos que invitan a vivir sin prisa y Comala es uno de ellos. Entre calles de arquitectura blanca, casonas, portales y la presencia constante del Volcán de Fuego en el paisaje, este Pueblo Mágico tendrá en octubre un motivo más para visitarlo: la segunda edición del Festival de Queso y Tinto, que se realizará del 15 al 18 de octubre de 2026.






Durante cuatro días, Comala convertirá su centro en un punto de encuentro para quienes disfrutan descubrir destinos a través de la gastronomía y la cultura. El festival reunirá alrededor de 10 casas vinícolas provenientes de regiones como Ensenada, Valle de Guadalupe y Querétaro, además de cerca de 15 productores de queso, principalmente de comunidades comaltecas, que brindarán en el jardín principal una muestra de productos locales y artesanales.



La experiencia comenzará cada tarde, a partir de las 5:00, con un área de exposición y venta donde será posible conocer y probar diferentes etiquetas y quesos. Entre las vinícolas participantes se encuentran L.A. Cetto, Burciaga, Cavas Valmar, Mundano y Once Gatos, las cuales también formarán parte de las catas guiadas y experiencias de maridaje programadas durante el programa.



Para quienes buscan llevar el deleite de su paladar un paso más allá, el festival propone cenas maridaje en restaurantes de Comala, entre ellos Carlota, Cuaxiote, De la Suerte y Mar y Agave. La idea es que el vino no sea únicamente una bebida para degustar, sino parte de una experiencia alrededor de la cocina y los sabores del destino.



Pero el queso y el vino serán apenas el punto de partida. La programación también permitirá acercarse a distintas expresiones del arte y las tradiciones de Comala, con actividades como el taller de barro “Trazos de Tierra”, sesiones de pintura con vino y exposiciones que recuperan parte del imaginario artístico del municipio. Entre ellas se encuentra una muestra de pintura rangeliana y la exposición fotográfica “Comala: Huellas del Tiempo”, que propone mirar al Pueblo Mágico desde su memoria y sus paisajes.



Las noches estarán acompañadas por música en distintos espacios del centro, con propuestas que van de la trova y la rondalla a la salsa, ensambles musicales y presentaciones de ballet folclórico. Así, el festival se extiende más allá de la mesa e inunda las calles de ambiente y fiesta.  



La celebración también representa una oportunidad para conocer el trabajo de los productores locales. Desde su primera edición, el Festival de Queso y Tinto buscó vincular los productos lácteos de Comala con vinos provenientes de otras regiones del país, una combinación que este año vuelve a tomar fuerza con una mayor participación de productores y casas vinícolas. 



Para el visitante, la propuesta puede convertirse fácilmente en un plan de fin de semana: llegar a Comala, recorrer su centro histórico, detenerse en alguna de sus cafeterías y restaurantes, conocer sus productos tradicionales y reservar una de las experiencias gastronómicas del festival. También es una buena oportunidad para complementar la visita con lugares como Nogueras y Suchitlán, dos comunidades cercanas que forman parte de la riqueza cultural y natural de esta zona de Colima.

Con el paisaje volcánico como telón de fondo y una agenda que reúne gastronomía, vino, arte y música, el Festival de Queso y Tinto ofrece una nueva manera de descubrir Comala: a través de sus sabores, de quienes los producen y de las historias que se siguen contando alrededor de una mesa.



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      Rodeado de  palmeras, calles y mercados, 
      los tuberos de Colima mantienen vivo un 
      oficio que llegó del otro lado del Pacífico 
      y que hoy forma parte de la identidad 
      gastronómica del estado




      Por Editores de Copas y Corchos
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      Hay bebidas que se prueban y otras que cuentan una historia. La tuba colimota pertenece a las dos categorías. Servida fría, natural o acompañada con manzana, pepino, cacahuate y otros ingredientes, la tuba es una de las bebidas más icónicas de Colima. Pero antes de llegar al vaso, pasa por un proceso que comienza varios metros arriba del suelo, en la copa de una palma de coco, y que depende de un conocimiento transmitido entre generaciones de tuberos.



      Actualmente, la producción de tuba tiene su lugar en el Inventario del Patrimonio Cultural Inmaterial de México y describe esta práctica de la siguiente manera: la savia se obtiene al cortar el racimo del cocotero antes de que abra la flor; después, los tuberos colocan recipientes para recoger el líquido que escurre de la palma.

      Pero la historia de la tuba colimota comienza mucho antes. La técnica para elaborarla llegó al occidente de México en el siglo XVII con los filipinos que viajaban en el Galeón de Manila, como parte del intercambio entre Asia y la Nueva España. En Filipinas, la tuba ya formaba parte de la vida diaria; en Colima, esta práctica encontró un nuevo territorio y, con el tiempo, se convirtió en una expresión profundamente colimota. Aunque hay que señalar que la tradición se comparte con Jalisco y Michoacán.

      Para entender la tuba hay que mirar hacia arriba: el trabajo del tubero consiste en subir hasta la parte superior de la palma para llegar a la inflorescencia del cocotero, donde realiza cortes periódicos que permiten obtener la savia y coloca un recipiente para recolectarla. Aunque parece sencillo, este proceso requiere un conocimiento práctico transmitido a través de la experiencia: saber dónde y cuándo cortar, y cómo mantener el aprovechamiento de la palma. Es ese saber el que convierte al tubero en mucho más que un vendedor de bebidas.

      Este oficio es fundamental para Colima, no solo por la bebida que produce, sino por el papel que los tuberos han desempeñado durante décadas en la vida cotidiana del estado. De las palmas a las calles y los mercados, su trabajo ha contribuido a convertir la tuba en un símbolo de identidad y pertenencia para la comunidad.



      Una de las particularidades de la tuba colimota es que puede beberse prácticamente como sale de la palma o convertirse en una bebida compuesta. Entre sus formas de consumo está la combinación con granadina, manzana, pepino y cacahuate. Para el visitante, probarla puede parecer una experiencia sencilla: acercarse a un puesto, pedir un vaso y beberlo frío pero en realidad el proceso para obtenerla es mucho más complejo y requiere conocimientos específicos. 

      Probar una tuba bien fresca es beber la historia de Colima en un vaso. Con su toque dulce al natural o acompañada de fruta picada y cacahuate, esta bebida conecta la destreza del tubero en lo alto de la palma con la vida cotidiana de todo un estado. Un maridaje sencillo pero imprescindible para entender la mesa colimota.



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          Hablar de Villa de Álvarez es 
          hablar de tradiciones, de encuentros 
          en la plaza y de sabores que han 
          acompañado a generaciones enteras




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          Entre sus tesoros más emblemáticos se encuentran las famosas Paletas de La Villa, una tradición familiar que desde hace 69 años ha refrescado el paladar de colimenses y visitantes, siendo actualmente una parada obligada para quienes desean conocer la esencia de este municipio.



          Ubicada frente al Jardín Principal de Villa de Álvarez, esta histórica paletería es dueña de una herencia que comenzó gracias a la visión y el espíritu emprendedor de Don Leobardo Dueñas Naranjo, quien descubrió el oficio de elaborar paletas durante una estancia en Jilotlán de los Dolores, Jalisco. Lo que inició como un aprendizaje se transformó con el tiempo en una de las tradiciones gastronómicas más queridas de Colima.



          El verdadero reto al visitar Las Paletas de La Villa es elegir solo una. Esta empresa familiar ha perfeccionado su menú hasta ofrecer 60 sabores distintos de paletas de agua y de leche, que van desde los clásicos hasta creaciones exóticas que capturan la esencia de la región. Entre las favoritas se encuentra la consentida de la casa, la paleta de vainilla con ate de membrillo, sin embargo, la experiencia va mucho más allá, pues también se pueden degustar creaciones inspiradas en bebidas típicas del estado, como la paleta de tejuino y la de tuba, sabores peculiares que llevan al visitante a conocer la cultura y las raíces de la región a través del paladar.






          Dicen los lugareños que visitar este municipio y no probar una de sus paletas es como no haber ido. Y no es una exageración; una placa en la entrada principal inmortaliza las palabras de su fundador, Don Leobardo Dueñas Naranjo, recordándonos que este lugar es un imperdible en el mapa turístico de Colima.

          Hoy en día, el legado sigue vivo. Su hijo, José Luis Dueñas Sandoval, junto a su familia, mantiene intacta la promesa que dio origen al negocio: ofrecer la máxima calidad en cada producto y una atención al cliente que te hace sentir como en casa.

          Visitar Villa de Álvarez no está completo sin disfrutar una de estas tradicionales paletas mientras se recorre el jardín principal, se contempla la arquitectura local o simplemente se disfruta del ambiente tranquilo y hospitalario que caracteriza a este municipio. ¡No te quedes con el antojo y vive la experiencia más refrescante de Colima!



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