Este año que recién ha concluido, hablamos más que nunca, desde muchos lugares, con muchas voces y a velocidades distintas. Publicamos, compartimos, opinamos y reaccionamos.
La comunicación no está rota, al contrario, está viva, acelerada, omnipresente. Pero quizás por eso mismo, hoy más que nunca, necesita pausa, intención y oficio.
Hay algo que sutilmente me hace ruido, que recuerdo todos los días. Hace ya muchos años, no diré cuantos, cuando estudiaba la Universidad, en una clase de marketing nos proyectaron una película que en ese momento me parecía casi exagerada: The Joneses, con Demi Moore, junto a David Duchovny, más célebre por Los Expedientes Secretos X (título que me temo, delata mi edad). La historia giraba en torno a una agencia que creaba familias aparentemente perfectas, colocadas estratégicamente por zonas, cuya función real era detonar el deseo de consumo a través de productos que todos querían tener.
En ese entonces se sentía como ficción: hoy no tanto.
No lo critico, al contrario, estoy cien por ciento segura, que no hay mejor manera de vender que de boca en boca: lo cotidiano, lo que se observa y se comparte. Yo misma me he dado cuenta de eso, me dedico a recomendar todo aquello que me funciona y que me gusta. Comparto lo que que amo de la cocina, mis experiencias, el descubrimiento de sabores en los lugares que visito, los platos que me conmueven. Y justamente por estar dentro, sigo aprendiendo y quiero hacerlo mejor.
Aquí empiezan mis interrogantes. ¿Es válido decir “me gusta”? ¿Es válido no compartir lo que “no te gusta”?, hoy comunicar es también un trabajo y, cuando se hace bien, como lo hacen muchos amigos queridos que se dedican a esto, es una forma honesta y valiosa de vivir. Quizás por eso sigo profesionalizando mi manera de comunicar, quizás por eso no me atrevo a hablar desde la crítica, si no desde la observación consciente.
Hace un mes tuve la fortuna de ser invitada al aniversario de Le Cordon Bleu en la Universidad Anáhuac, gracias a la columna que este medio digital me permite compartir. La cena fue servida por los alumnos de octavo semestre. Fue su examen final, una cena preparada para periodistas, chefs, académicos y profesionales del medio. Imaginen los nervios, la presión.
Entonces pienso: 4 años de estudio. Años de insumos, materiales, transporte, jornadas completas en el campus. Lo vi también en octubre, durante el Festival Cenizo, con alumnos de la carrera de Gastronomía de la UAC dando todo su esfuerzo y entendiendo, desde la práctica, que no es una carrera fácil. ¿Por qué demeritar esa profesionalización, ese tiempo invertido? No está mal estudiar una carrera. Tampoco está mal ser empírico, tomar cursos, diplomados, recorrer ciudades para trabajar en cocinas y poder conocer el oficio desde adentro, esa también es una manera de profesionalizar la pasión.
No está mal que quienes salimos a comer digamos qué nos gusta, cuando lo compartimos desde nuestra sincera apreciación personal y el respeto hacia quien cocina.
No se trata de volver al pasado ni de idealizar otras formas de decir. Se trata de entender que comunicar no es sólo emitir; sino construir: contexto, lenguaje, responsabilidad. Que no todo mensaje necesita ser inmediato, pero si claro. Que no toda voz fuerte es una voz preparada.
Tal vez el error no esté en comunicar, sino en cómo lo hacemos.
En el copy, en la intención.
En la responsabilidad de entender qué estamos diciendo… y desde dónde.
Tal vez el siguiente paso no sea hablar más, si no comunicar mejor. Con más criterio, con más formación y más conciencia del impacto que tienen las palabras cuando salen al mundo.
Inicio el año con esta reflexión, no como crítica sino como invitación a elevar la conversación. Porque cuando la comunicación mejora, lo demás también.
Sobre Natalia Hoyos: Comensal y cronista gastronómica del norte de México, egresada de programas de educación en turismo y en tránsito con un diplomado en periodismo gastronómico.
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