Un espacio en dónde
hay un delicioso redescubrimiento
de los sabores




Por Sommelier Mónica H. Ferriz

Instagram: circulovinez


Hay lugares que no solo se visitan, se sienten. Fonda Fina es uno de ellos.

Llegué con una expectativa clara: comer bien. Pero salí con algo mucho más difícil de provocar… memoria.

Fonda Fina habita exactamente en ese punto donde los recuerdos y el presente se encuentran. No llega con estridencia, ni con la necesidad de impresionar. Llega, más bien, como llegan los recuerdos: sutil, envolvente, inevitable.

Esta vez no fui sola. Fui con mi madre. Mi catadora oficial de la buena cocina. La mujer que me enseñó a entender un platillo antes de explicarlo. Ella, que aprendió de mi abuela. Y mi abuela, que vivió el nacimiento de aquellas fondas económicas tras la Revolución Mexicana, donde comer era un acto cotidiano, pero también profundamente comunitario.

Sentarnos juntas a la mesa no fue casualidad. Fue continuidad.

Desde el inicio, el espacio marca el ritmo: hay calma. Una calidez que no proviene solo de los materiales o la luz, sino de una intención clara de recibir. De hacerte sentir parte.

La cocina de Juan Cabrera, en diálogo con Jorge Vallejo, no busca reinventar la tradición. La entiende. Y desde ahí, la traduce.

La coliflor —a las brasas, con miel de agave y hoja santa— apareció como una pausa inesperada. Una entrada que no pide atención, pero la merece toda. 

Los molotes de plátano macho, dorados y tibios, trajeron consigo otra capa de memoria: el dulzor que abraza, el mole negro que acompaña sin invadir, el queso fresco y ese chimichurri de limón que despierta todo lo demás.

El momento que me detuvo fue el mole de olla, o, mejor dicho, su recuerdo.

Un plato seco con short rib, acompañado de un puré cremoso de coliflor, chile ancho y café. Y, sin embargo, ahí estaba: el caldo invisible. El eco intacto del sabor original. Esa capacidad —tan técnica como emocional— de conservar la esencia de un platillo que vive, en teoría, de su forma líquida.

No era solo ejecución. Era precisión emocional.

Volteé a ver a mi madre. Asintió.




La pesca del día llegó después, limpia, exacta, sin artificio. Como si entendiera que no necesitaba más que su propio origen.

Para entonces, el tiempo ya había cambiado de ritmo.

Comer dejó de ser una secuencia y se volvió conversación.

El servicio entendía perfectamente ese pulso: presente sin ser invasivo, cálido sin ser forzado. Hay una hospitalidad genuina que no se ensaya, se siente. Y eso, como la buena cocina, es difícil de fingir.

El ambiente permite algo cada vez más escaso: escucharse. Hablar sin esfuerzo. Estar. Y de pronto, casi como un guiño generacional, comenzaron a sonar Emmanuel y Mijares, bajito, como si alguien hubiera entendido que ciertas canciones no necesitan volumen, solo contexto.

Canté un poco entre platillos. Mi madre sonrió.

El final llegó con un flan de queso, caramelo y nata. Clásico. Sin artificio. Como esos postres que no buscan sorprender porque ya pertenecen a la memoria colectiva.

Al salir, hubo una certeza compartida: queremos volver. Con más familia. Con más tiempo. Con más hambre de seguir entendiendo todo lo que aún guarda esta cocina.

Porque Fonda Fina no es solo un restaurante.

Es un punto de encuentro entre lo que fuimos, lo que aprendimos y lo que seguimos buscando cuando nos sentamos a la mesa.

En una ciudad que corre y cambia todo el tiempo, hay algo profundamente valioso en encontrar un lugar donde la memoria no solo se respeta… se sirve.

Porque a veces, el verdadero lujo no está en descubrir algo nuevo… sino en reconocerlo.


RRSS: @fondafinamx



Sobre sommelier Mónica H. Ferriz. Abogada de profesión, Sommelier por vocación, recolectora de amigos, aficionada a las risas y los buenos momentos. Siete años de experiencia en la organización de eventos y catas de vino. Egresada y certificada por la Academia de Asociación de Sommeliers Mexicanos, así como por Wines of Argentina. Fundadora de Círculo Vinez club de vino y ajedrez en Ciudad de México, espacio que promueve la cultura y amor por estos dos mundos fascinantes. Miembro de una familia de Maestros del deporte mental, fundadores de la Escuela Nacional de Ajedrez hace 50 años y del tan querido Club México.

Su amor por el vino, cuyos aromas la remontan a su niñez en las cabañas remotas del Parque Nacional La Marquesa cercano a la Ciudad de México, en donde su familia solía reunirse a jugar y a compartir el clásico queso, pan y vino, la llevaron a iniciar su formación como Sommelier con la intención de vivir la sublime bebida con consciencia, compartir conocimiento, experiencias, pero sobre todo las bondades, la pasión y el placer que genera una buena copa de vino, así como las historias de cada botella y las que se tejen alrededor de ella, promoviendo su cultura y consumo responsable.
Círculo Vinez: https://www.instagram.com/circulovinez/


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